¡Buenas chamaquitos y chamaquitas!✨
En ciertas ocasiones, la planificación se pierde. Proyectos en marcha, compromisos laborales inaplazables, enfermedades imprevistas y asuntos domésticos ocurren al mismo tiempo, lo que produce una sensación de desbordamiento que es difícil de pasar por alto.
No obstante, el calendario continúa su marcha.😢
El Carnaval, como todos los años, llega a tiempo con su invitación colectiva a festejar, vestirse de disfraz y actuar. Esta coincidencia —entre la fiesta simbólica y la desorganización diaria— nos ha conducido a una reflexión que trasciende lo anecdótico.
En sus inicios, el Carnaval fue una modificación transitoria del orden establecido. La identidad se vuelve flexible, los roles cambian y las jerarquías se diluyen durante varios días. El disfraz no se limita a ser un elemento de diversión: es una herramienta simbólica que posibilita poner en duda lo que normalmente consideramos inmutable. A pesar de eso, también adoptamos disfraces fuera del contexto festivo. No son visibles, pero siguen siendo artísticos.🌈
Asumimos el rol de aquellos que pueden con todo.
La función de la eficiencia constante.
La impresión de control aun en situaciones que nos desbordan.
Esa imagen se vuelve más fuerte en semanas que son particularmente exigentes. Se busca mantener la imagen de equilibrio mientras se manejan limitaciones físicas o emocionales y situaciones inesperadas, al tiempo que se sostiene la agenda y las responsabilidades. Esta tensión pone de manifiesto un asunto importante:
"¿Cuándo hemos normalizado la autoexigencia como una forma de identidad?"🫨
El Carnaval nos recuerda que los roles son construcciones sociales que tienen la capacidad de ser cambiadas. A lo mejor la enseñanza más valiosa no consiste en escoger un disfraz distinto, sino en permitirnos cuestionar el que usamos todos los días.
Reconocer que existen períodos de menor rendimiento.
Admitir que la planificación no siempre es capaz de resistir la realidad.
Comprender que adaptarse no significa fracasar, sino tener capacidad práctica.
En un contexto cultural que premia la disponibilidad permanente y la eficacia continua, reivindicar el límite se convierte en un acto casi contracultural. Esta semana, marcada por el desorden y la fragilidad, ha sido también una oportunidad para revisar expectativas. No siempre es posible mantener el ritmo previsto. No siempre se puede responder con la misma energía. Y reconocerlo no implica renunciar al compromiso, sino gestionarlo con mayor realismo.🤸🏻♂️
Quizá, en medio del ruido y la celebración, el verdadero gesto transformador consista en algo más sencillo: permitirnos ser auténticas sin necesidad de representación constante.
Porque, al final, el disfraz más exigente no es el que se elige para Carnaval, sino el que se mantiene todo el año sin cuestionarlo.
Con esta reflexión queremos cerrar una semana intensa, imperfecta y, al mismo tiempo, reveladora. No ha sido la más ordenada ni la más productiva, pero sí una que nos ha obligado a parar, observar y reajustar.
Si algo podemos rescatar es precisamente esa capacidad de adaptación: entender que no todo saldrá según lo previsto y que eso no invalida el esfuerzo ni el compromiso.
Entre el ritmo del Carnaval y el cansancio acumulado, seguimos aprendiendo. Y, aunque no siempre sea evidente, ese aprendizaje también forma parte del camino.
XOXO💋
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